lunes, 14 de marzo de 2011

La Ley de la selva

por Oscar Sánchez Madan

Periodista Independiente

 

8 de marzo de 2011

 

Abajo y al centro, Oscar Sánchez Madan, durante la conclusión de un ayuno en favor de la liberación de los presos políticos. A su derecha, Gulliver Sigler González.

 

Pedro Betancourt, Matanzas.  Bajo cualquier dictadura las detenciones arbitrarias siempre han estado de moda. Pero cuando se trata de regímenes totalitarios de izquierda, como el de Cuba, los arrestos al margen de la ley se convierten en un hábito oficial.

 

El régimen de La Habana es, en esencia, un sistema estalinista. La siguiente historia confirma la anterior afirmación.

 

Gulliver Sigler González, dirigente del Movimiento Independiente Opción Alternativa y yo, viajamos el pasado 2 de febrero hacia el poblado matancero de El Roque. Nos disponíamos visitar a Alejandrina García de la Riva, esposa del prisionero de conciencia, Diosdado González Marrero.                                                                                                           

 

Esta Dama de Blanco, protagonizaba de una huelga hambre. Ese día, iniciaba su quinta jornada de ayuno en reclamo de la libertad de su esposo y de otros hermanos de lucha.

 

En el mes de junio, el General Raúl Castro, había prometido a la Iglesia Católica, liberar antes del 7 de noviembre, a todos los presos políticos. Sin embargo, en las cárceles aún se hallaban varias decenas de éstos, entre ellos, once librepensadores practicantes de la no violencia.

 

Esa mañana, cuando el carretón en que viajábamos Gulliver y yo, se encontraba a unos setecientos metros de El Roque y la policía nos detuvo. Cuatro agentes del Orden Público, un oficial de la División de Enfrentamiento a la Disidencia y dos paramilitares nos rodearon.

 

Uno de los militares, después de comunicarse con el puesto de mando de la policía política e informarle nuestros nombres, nos dijo que estábamos arrestados. A una interrogante nuestra el oficial de la policía política manifestó que nos detenían por “alterar el orden público”.

 

Como no nos mostraron una orden de detención, establecida en la Ley de Procedimiento Penal y señalaron que no la necesitaban para arrestarnos, protestamos. Entonces, se produjo una fuerte discusión.

 

Hubo un instante en que por lo calurosa que se tornó la controversia y la postura amenazante de los represores, pensé que seríamos agredidos físicamente. Éstos, de forma violenta nos torcieron ambos brazos a la espalda y nos colocaron las esposas de metal bien ajustadas.

 

Utilizaron el patrullero doscientos once para trasladarnos hacia la Estación de la Policía de la comunidad de Martí. Recorrimos alrededor de cincuenta quilómetros en una posición bastante incómoda, como si fuéramos vulgares delincuentes.

 

Al llegar nos practicaron un minucioso registro corporal y nos ocuparon un teléfono celular y documentos personales. Después nos introdujeron, por separado, en los calabozos.

 

A mí, me aislaron. A Gulliver, lo confinaron junto a un corpulento “recluso común”, con peligrosos antecedentes criminales.

 

Nosotros exigimos, conforme a la ley, que se nos permitiera usar el teléfono para avisar a nuestros familiares y amigos. Un oficial identificado con la chapilla  23642, nos dijo que eso lo debía autorizar la policía política y que sus agentes no se encontraban.

 

Luego de infructuosos reclamos para usar el servicio telefónico iniciamos una huelga de hambre. Ésta, la acompañamos con fuertes golpes contra las rejas de las pequeñas celdas, que ya despedían un olor desagradable por las veces que habíamos usado sus antihigiénicos servicios “sanitarios”, carentes de agua.

 

Los golpes llegaron a ser tan fuertes que en una ocasión, una decena de militares se presentaron en dicho lugar y amenazaron con encauzarnos. Según ellos, nos acusarían de cualquier delito: “resistencia, desobediencia, desacato y propaganda enemiga”.

 

Con pullover blanco, Gulliver Sigler González, en una vigilia, junto a otros opositores, exige la libertad para todos los presos políticos.

 

Nuestra firmeza los silenció y obligó a retirarse rabiosos y desmoralizados. Les manifestamos: “hagan ustedes lo que quieran, nosotros sabemos lo que debemos hacer”.

 

Horas después, al caer la tarde, cuando el oficial de guardia recogió las rústicas bandejas de aluminio con los alimentos que nosotros rechazamos, Gulliver me propuso algo curioso. Me dijo: “vamos a cantar el Himno Nacional, a las ocho, y coincidir así con nuestros hermanos de lucha, que estarán reunidos en vigilia, en Pedro Betancourt, para reclamar la libertad de los presos políticos”.

 

Por supuesto que le respondí con una afirmación. Pero no fue posible hacerlo porque minutos antes de las ocho, nos liberaron.

 

Todo indicaba que el secuestro había terminado.  Comenzaba, ahora, el torturante y peligroso viaje de regreso, en una región donde son alarmantes los niveles de criminalidad, en especial, durante el horario nocturno, cuando más escasea el transporte.

 

Pero muy a pesar de la represión policial, apoyamos a nuestra hermana, Alejandrina. Nuestro intento por llegar a su vivienda y el digno enfrentamiento a la reprobable acción militar, al decir de mucha gente, constituyó un hermoso gesto de solidaridad.

 

A las dos de la madrugada Gulliver y yo, aún debatíamos sobre lo sucedido. No olvidamos comentar que mientras exista el castrismo en Cuba el pueblo continuará siendo víctima de la ignominiosa Ley de la Selva.


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