jueves, 10 de febrero de 2011

Dos Iglesias

por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

28 de enero de 2011

 

Foto: José Alberto Álvarez Bravo

 

A pesar de lo distante en el tiempo, cabe suponer que cuando Pedro edificó la iglesia, estaba muy lejos de prever que ésta se diversificaría hasta casi convertirse en una para cada país, en dependencia de la personalidad y criterios de sus respectivos jefes. Como confirmación a este aserto puede mencionarse las actitudes, ante sus gobiernos, de la Iglesia Católica Cubana y la Venezolana, y en particular de sus cardenales, Jaime Ortega Alamino y Jorge Urosa Savino.

 

Mientras el Venezolano no ha titubeado en defender los postulados básicos de la libertad y la democracia en su país, desafiando a quien, desde el poder y aprovechándose de la flexibilidad de la institucionalidad democrática, maniobra para convertirse en dictador vitalicio, el cubano ha terminado plegándose a quienes detentan en la isla un poder autocrático, atemporal, omnímodo e inconsulto.

 

De sorprendente  puede catalogarse la diferenciada conducta de uno y otro cardenal. Mientras Urosa Savino osó desafiar la ira del aventajado discípulo de los Castro, declarando con ejemplar valentía que el chavismo está avanzando hacia un estado marxista-comunista, Ortega Alamino se prosternó ante los verdugos de la libertad de Cuba para ayudarles a quebrantar la determinación de los presos políticos de no aceptar la conmutación del encierro por la expatriación.

 

Con alegría y satisfacción hemos conocido el pronunciamiento de los obispos Diego Padrón, Luis A. Tineo y Freddy Fuenmayor, en el que lanzan un llamado al Presidente Hugo Chávez para que rechace la Ley Habilitante, recurso legal que le confiere más poder del que ya detenta este ambicioso personaje. En cambio, hemos sabido, mediante declaración directa de Laura Pollán, de la vergonzosa disposición del Señor Ortega a tratar de convencer a Pedro Arguelles Moran –y, como lógica suposición, a los demás  presos políticos– para que abandone la cárcel, aceptando en su lugar el ominoso destierro.

 

Sólo el temor a resultar irreverente, –y a causar un indeseado perjuicio al fraterno pueblo Venezolano– me impide solicitar al Papa Benedicto XVI un intercambio de cardenales. Si dependiera de mi voto particular, de inmediato enviaría a Caracas –o al Vaticano–al Castro–complaciente Ortega Alamino y, con gusto, recibiría en Boyeros y besaría la mano de su valeroso homólogo Venezolano.

 

Mientras, me pregunto con estupor cómo puede, un mismo tronco, alimentar dos ramas tan diferentes.


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