martes, 7 de diciembre de 2010

Crónica de un secuestro injustificado

por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

29 de noviembre de 2010

 

Foto: José Alberto Álvarez Bravo

 

En la finca de Fidel, la mafia está en su vergel

 

“José Alberto, súbase aquí; seguridad del estado”.  Caminaba por la calle 9, y ya casi llegaba a G. (Para quien no conozca el Vedado, detrás de Maternidad de Línea). Era el viernes 26 de Noviembre de 2010, faltaba poco para las 10:00 am, y me dirigía al agro mercado de 17 y G, con la intención de adquirir algunas vituallas para desayunar y abastecer nuestra magra despensa.

 

Al intentar cruzar la calle 9, un desvencijado auto Lada se interpuso en mi camino; dos sujetos descendieron del vehículo, se me abalanzaron y me hicieron destinatario de la perentoria y lacónica orden  que da inicio a esta narración. Un tercero, –al parecer el jefe– se mantuvo al volante mientras duró la relampagueante operación, catalogable dentro de la más depurada técnica siciliana. No ofrecí la más mínima resistencia.

 

El achacoso vehículo –de apariencia normal, pero destinado a cubrir las diligencias del DSE (para algunos, Departamento de Secuestros Estatales) – atravesó media Habana para conducirme a la Unidad Policial conocida como Aguilera, en el reparto Lawton. Con habilidades propias del hampa, mis captores me despojaron del móvil y la cámara fotográfica sin que me diera ni cuenta.

 

Durante las aproximadamente cuatro horas que permanecí confinado en un rincón, ligeramente penumbroso y con la “grata” compañía de varios mosquitos, tres oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria me ofrecieron almuerzo, “gentileza” que rehusé  con indeclinable determinación.

 

Bajando por una escalera, fui conducido a un pequeño local, –sin ventanas y con la apariencia de un antro criminal– para sostener una “conversación” con quien es tenido como la principal figura visible de la represión política en la ciudad de La Habana: Fernando Tamayo Gómez.

 

Una caracterización a vuela pluma lo resume en un individuo de apariencia ordinaria, dotado de un pequeño arsenal de expresiones faciales que fluctúan del cinismo a la petulancia, y una marcada pobreza intelectual –cimentada en una evidente precariedad cultural, por demás muy común en el “hombre nuevo” – y con notoria destreza en entreverar lisonjas y amenazas.

 

La insustancial facundia de este émulo de Manuel Ugalde Carrillo, Andrei Vishinski y el resto de la cohorte de personajes negativos de la historia universal, no aporta nada memorable a quien se interese en atesorar conocimientos. En cambio, una soez expresión evidencia su catadura:

– “Nosotros tenemos la vaca y ustedes la mierda” –

La frase merece una reflexión, e intentaré formularla, sin permiso del Reflexionante en Jefe.

 

El represor tiene toda la razón, si se interpreta que “la vaca” es la isla de Cuba, con todo su caudal productivo y sus pobladores. Desde hace más de medio siglo, “nosotros” –el régimen castrista– convirtió a “la vaca” en su propiedad personal a perpetuidad, intransferible e inembargable, considerando inmutable el derecho de posesión adquirida –y sostenida– manu militari.

 

Siguiendo esta perspectiva, la vaca no solo es propiedad exclusiva de quienes extendieron los límites de Birán a toda la geografía insular, sino que además la mantienen bajo secuestro perenne. Es difícil saber si este represor, y el grupúsculo de ancianos cuyo poder representa y defiende, se dan cuenta de los riesgos que entraña mantener a la vaca reducida al breve espacio de un chiquero.

 

Si una vaca pasta libre en el potrero, sus dispersas deyecciones se convierten en abono para los pastos, traduciéndose en beneficio para la campiña, pero si el animal no puede moverse del sitio en que sus secuestradores la inmovilizan, la mierda se va convirtiendo en un lecho ascendente que primero cubriría la ubre, y después a la propia secuestrada.

 

Por otra parte, es cierto que la dinastía Castro ha medrado con los beneficios de la vaca, disfrutando de su leche, su carne y derivados, dejándonos al pueblo solo la mierda y el trabajo de cuidarla.

 

Dos horas de incontinencia verbal malgastó el represor en imponerme del motivo del secuestro:

 

“No permitiremos que la Academia continúe funcionando en el Vedado”.

 

Por toda respuesta, me limité a exponer, en primer lugar, que las circunstancias derivadas de mi secuestro no estimulaban mi elocuencia, y que para sostener semejante “conversación”, se me podía haber extendido una citación oficial, evitando el mal rato padecido por mi familia. Estas son las razones que me asisten para calificar este secuestro como injustificado.


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