domingo, 29 de agosto de 2010

Crónica de una balacera

por Héctor Julio Cedeño Negrín

Periodista Independiente

Prensa Independiente de Cuba

 

22 de agosto del 2010

 

Recuerdo que cuando tenía cinco años, caminaba una tarde por el barrio de Jesús, María y José, junto a mi madre y mis hermanos.  Al llegar a la altura de la calle Antón Recio, sin precisar la intercepción, se encontraban dos hombres que desde aceras opuestas disparaban el uno contra el otro, con sendas pistolas. De seguro qué salimos corriendo y a toda velocidad, del peligroso lugar. En aquel tiempo, vivíamos en la calle Vives # 301, esquina a San Nicolás, en el mencionado barrio habanero.

 

Esto ocurrió allá por el año 1958, en plena efervescencia del batistato y cuando el fidelato aun no se había establecido. En esa época eran frecuentes las balaceras, sobre todos por parte de los llamados revolucionarios, que hoy bien, bien, clasificarían como genuinos terrorista, porque aterraban a toda la ciudadanía, con sus bombas y sus metrallazos. 

 

Aunque siento que soy de estirpe guerrera, por mi nombre de guerrero troyano, Héctor y de romano Julio, porque según el código de la africanía soy hijo de Shango, portentoso guerrero africano, porque soy Tauro según el horóscopo occidental y serpiente según el chino, todos símbolos de la guerra y de guerrero, ciertamente nunca he participado en ninguna, ni siquiera en la del tira tomates y mucho menos he matado a alguien, ni del susto, por lo feo. Aunque si me he fajado, alrededor de doscientas mil veces, en lo que llevo de vida y que según mi madre me fajaba (aun me fajo), hasta por quítame esta paja que tengo encima. Verdaderamente, nunca me había encontrado muy cerca del lugar, por donde suelen pasar las balas, ni de por casualidad.

 

Pero este sábado 21 de agosto cuando caminaba por la calle, del Águila, como verdaderamente le llamaban, entre las calles Esperanza y Misión y cuando regresaba de acompañar a una amiga hasta su casa, porque la calle está muy mala y ya bien entrada la noche, me sorprendió una autentica balacera, en mis propias narices y cuya única reacción fue la de pegarme firmemente a la pared, como si fuera un chicle,  incluso sentí que algo golpeó mi hombro. No sé si sería uno de los  casquillos disparados, porque una bala no fue. Un pistolero cubano, como si estuviera en el oeste, la emprendió a balazos contra otro, que corría desesperadamente.

 

Cuentan que más tarde se sumaron otros, que vinieron por la revancha, pero a esa hora no me encontraba por el lugar y ciertamente no me gustaría ser corresponsal de guerra. La Habana no será Caracas, pero se sienten los balazos de cuando en cuando.


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