lunes, 28 de junio de 2010

Trece, coma, cuatrocientas treinta y dos milésimas

por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

21 de Junio del 2010

 

Durante varios días he diferido mi intención de redactar estas líneas, por considerar de antemano su insignificante alcance, y como muestra del merecido desdén ante la idea de chapotear en algunos ríos de bilis ocasionados por la “carta de los 74”. Mueven a risa –y a lástima– tan patéticas pataletas.

 

Lo que me ha decidido a ejercer mi soberano derecho a decir lo que pienso, es un documento solícitamente enviado desde el exilio, firmado por 994 hermanos de lucha y dirigido a los Honorables Congresistas de los Estados Unidos de América.

 

Como anticipo al documento de marras, alguien redactó tres párrafos que ya dejan a quienes los lean, convencidos de que la carta de los 74 es un “gesto benevolente” y un acto de “complicidad” con la dinastía Castro.  Todo lo demás se limita a corroborar esta tesis. Con esa ventaja, cualquiera gana.

Aclaro de antemano que no me mueve el interés de contender con el redactor de la aludida  misiva, sino solo señalar algunos elementos sobresalientes.

 

Desde el inicio del documento, presuntamente redactado “sobre la base del respeto absoluto al criterio ajeno y dentro del mayor espíritu de concertación democrática y respeto a la diversidad”, el redactor alude a una pretendida apropiación de representatividad “de la sociedad civil cubana y menos aun en nombre del pueblo de Cuba” por parte del redactor de la “carta de los 74”. Sin embargo, si la copia de que dispongo no es apócrifa, ésta solo dice De: Personas que forman parte de la sociedad civil de Cuba. Seguramente por mi escasa capacidad de interpretación, no he visto por ninguna parte la intención “no razonable ni justa” de hablar en nombre de quienes no rubrican el documento.

 

En cuanto a la conducta criminal de la pandilla Castro y sus secuaces, solo un apretado y fraterno abrazo puede ser mi respuesta a tan viril declaración.

 

Es cierto que las 1068 personas firmantes de ambos documentos no representamos “el criterio de toda la nación en su conjunto”, pero también es cierto que no somos los 74 quienes nos atribuimos la representación de “otra parte significativa del pueblo cubano”. Al no poder encuestar a esa “parte significativa”, nos hemos limitado a hablar a título personal, derecho inalienable por demás.

 

La preservación del inhumano bloqueo estructural e institucional del régimen de La Habana contra las libertades naturales del pueblo cubano no creo, sinceramente, que esté asociada a la letra ni al espíritu de la carta de los 74. Me parece que estamos, simplemente, ante dos variantes contrapuestas de una misma estrategia. Una ha podido disponer de un “breve” lapso de medio siglo para demostrar su ineficacia. La otra no ha podido contar con un solo minuto de aplicación, y sí con la descalificación a priori.

 

No veo de qué manera se puede asociar la idea de que el aislamiento de Cuba beneficia a los intereses más inmovilistas del gobierno castrista, con esa otra de que la tragedia de Cuba radica en la imposibilidad de viajar de un pueblo ya libre como el norteamericano. Nadie duda del origen de los males de la nación cubana; en ese punto no es donde radican nuestras naturales diferencias.

 

El quinto párrafo parece reñido con el “respeto absoluto al criterio ajeno”, toda vez que califica de “benevolentes con la dictadura y solidarios con los verdugos de la nación cubana” a los firmantes del documento impugnado. Además de lo profundamente irrespetuoso e irresponsable de esa afirmación, el redactor nos coloca en posición de enemigos, en lugar de hermanos de lucha que ven una misma realidad desde ópticas diferentes. Deja mucho que desear en materia de “respeto a la diversidad” y del “espíritu de concertación democrática”. Más bien guarda mucha similitud con las “contundentes respuestas” ante la opinión discrepante a que nos tiene acostumbrados la dinastía Castro.

 

Estamos absolutamente de acuerdo en que la libertad de Cuba solo llegará con el esfuerzo de quienes, dentro y fuera de la isla, luchamos por el cambio democrático, pero diferimos en la manera de alcanzarlo. No rubricamos el irrespeto de calificar de libidinoso al pueblo norteamericano, ni incurrimos en la ingenuidad de esperar la libertad de nuestra patria de los bolsillos de los potenciales turistas, pero sí nos sentimos con derecho a dudar de que esta ansiada libertad pueda llegarnos en las bayonetas virtuales de los numantinos a ultranza.

 

Tampoco cederemos a nadie, -sin cuestionar su respetabilidad- el patrimonio exclusivo de la “posición vertical” contra la dictadura totalitaria. Esta absurda y pretensiosa reivindicación corrobora una tesis, -con o sin razón atribuida a Raúl Rivero- de que “nada hay más parecido a un castrista, que un anticastrista”. Atribuirle un espíritu genuflexo a la carta de los 74 comporta una descalificación que mucho agradece la gerontocracia castrista, única beneficiaria de este ridículo y evitable desencuentro entre hermanos que luchamos al interior de la isla.

 

También es injusto y malintencionado situarnos al lado de los opresores, sobre todo cuando no se puede probar, de manera indubitable, que formemos parte de ese estamento. Esta aseveración merece una disculpa, aceptada con alborozo como única vía de superar este mal momento para la causa de la futura democracia de Cuba. Si desde ya están aplastando la opinión que no se avenga con la suya, cabe preguntarse qué sucederá cuando los numantinos suplanten a los Castro en el ejercicio del poder.

 

Otro ejemplo elocuente de deslealtad al espíritu democrático, es atribuirle a nuestro documento la intención de “desenfocar o desviar la atención de lo que sucede en la isla”. Nadie debiera sentirse con derecho a representar una visión única y acabada de lo que sucede en la isla. Esta posición ignora la opinión del resto de la nación, excluido de este intercambio de criterios.

 

Otro ejemplo de nuestra vocación caudillista y totalitaria, parecer ser la febril ansiedad en la búsqueda de firmantes para el documento impugnador, gestión que logró negociar 994 nombres, sobre la base de descalificar un documento que “pide el levantamiento del embargo”, maniobra reduccionista de probado efecto en la psiquis colectiva de la no siempre profunda sociedad civil. Manipulativa, es el término que se me ocurre al pensar en la intención animadora. Caudillista y totalitaria porque esos son los métodos del régimen castrista frente a sus oponentes, como queda demostrado en los actos de repudio de que todos hemos sido objetos. La proporción de 994 frente a 74 da una relación de 13, 432; es decir, casi 15 a 1, como sucedió durante la Primavera Negra. Quince disidentes por cada espía.

 

Por último, no se puede soslayar el tema de la oxigenación. A quién oxigena y a quién asfixia cada una de estas variantes. Digámosles, (sin ánimo de sacar ventaja, y con el  perdón anticipado de mis predispuestos críticos) la versión inmovilista y la versión dinámica. Quisiera pedirles, -con todo respeto- a mis hermanos inmovilistas, que me den un breve resumen sobre los resultados positivos (para el pueblo, claro está) de medio siglo de línea dura. Cuánto han ganado la resistencia anticastrista y el resto del pueblo con esa variable.

 

En lo personal, estoy dispuesto a concederle a la línea dura otro crédito de tiempo, dejándome convencer de que ahora sí va a dar resultado; solo les pido que me digan la cifra. ¿Otros cincuenta años más?        


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