domingo, 20 de junio de 2010

El General Singuerras

(Una histeria de (in)fección)

 

por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

14 de Junio del 2010

 

Libros malditos cuentan que su primera guerra la libró contra un pequeño ejército de enfermeras. Muchos años después, devenido en amo y señor de la Ínsula Gran Birán, otras mujeres ataviadas de blanco vuelven a concitar su ánimo guerrero.

 

El General Anodino Singuerras no vino a este mundo para ser General. Carece de marcialidad, de apostura, de carisma. “No tiene gracia ni para silbar”, habría dicho mi abuela. Y sin embargo, ahí está, con sus entecas hombreras apabulladas por una reluciente carga de trozos de latón, y la mitad del pectoral (donde otros tienen el corazón), acorazada por decenas de férricas condecoraciones auto concedidas.

 

Según el ladino rumoreo de Liborio, al General no le gusta el protocolo; se apasiona con las peleas de gallos y las profusas libaciones, pero la patria en peligro exige sacriflays. Ante las incontinentes deyecciones líquidas del Gran Timonel (qué digo Timonel; Almirante) hay que agarrar firme el timón de la paupérrima chalupa caribeña. El $agrado interé$ del suciolismo no concede espacio a lenificativas propensiones.

 

Al corrillo de sus más abyectos testaferros, el General ha sumado al segmento más visible de la jerarquía católica, convirtiéndola en el muñeco del ventrílocuo a cambio de una ilusoria respetabilidad.

 

El rechazo popular al General Singuerras y su decrépita cohorte de interesados aduladores es cada día más ostensible, pero El Supremo se muestra impertérrito, dispuesto a dejar morir a cuanto criollo recurra al supremo recurso de la huelga de hambre.

 

De uno de sus mentores interiorizó un lema: “Que me odien, pero que me teman”. Lo primero se masifica, pero lo segundo…

 

Del juicio de la historia dirá el ínclito Singuerras: “Si hablaron de Dios,…”

 

Ironías de la vida. Medio siglo de épicas estridencias se desmoronan cual efímeros castillos de arena, barridos por el insensible oleaje de los siglos.

 

Todo lo humano, le es ajeno.


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