lunes, 8 de marzo de 2010

Opción D

por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

2 de Marzo del 2010

 

Desde hace mucho tiempo, a la hora de definir  a Fidel Castro, las opciones solo tenían un carácter conmutativo: un loco endemoniado o un demonio enloquecido. Al convertirse el ínclito señor en un reflexionante insepulto, ya apenas se le menciona, para dolor de su hipertrofiado ego. Ahora da la impresión de que la Opción D –demencial o diabólico- es aplicable al gerontócrata que dizque lleva las riendas del poder.

 

La razón para arribar a esta disyuntiva, es la rara conducta del aparato represivo en el tratamiento a nuestro colega y amigo Carlos Serpa Maceira. Como es de público conocimiento, poco después de la asonada fascista contra las Damas de Blanco los días 9 y 10 de diciembre de 2009, Serpa fue confinado en Isla de Pinos, municipio especial donde reside oficialmente. Una orden expresa de la policía política, celosamente cumplida, le impedía viajar a la capital del país.

 

Para sorpresa de todos, el 27 de febrero, a las 5:00 am, fue detenido en su casa y “deportado” hacia la ciudad de La Habana, precisamente de donde había sido deportado muchas veces, durante años,  hacia Isla de Pinos.

 

Por odiar y despreciar a su propio pueblo sí es conocido el gobierno cubano, pero no por estúpido. Perversas son sus acciones, pero no imbéciles. Algo macabro estarán tramando con nuestro Carlos Serpa cuando de pronto, a solo dieciocho días del séptimo aniversario de la Primavera Negra, le obligan, según nos cuenta, a permanecer en La Habana. También es sabido de la pertinaz labor de Serpa en la cobertura del trabajo civilista de las Damas de Blanco.

 

A la opinión pública internacional y nacional, les pedimos estar alertas ante una probable maniobra satánica de la policía política, en momentos en que el régimen ha tomado cabal conciencia de su inocultable debilidad, y que le pone en trance de apelar a su habitual sevicia para perpetuarse en el poder, única ambición de la gerontocracia castrista.

 

Retomo ahora, por su pertinencia, la célebre frase de Julius Fucik: ¡Hombres, estad alertas!


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