domingo, 14 de marzo de 2010

Gente del pueblo

Texto y foto por José Alberto Álvarez Bravo

Periodista Independiente

 

9 de Marzo del 2010

 

La historia que nos cuenta Ramón Fernández Rodríguez, ex-preso político cubano, parece surrealista, pero su exactitud queda probada por el esputo sanguinolento que todavía hoy, lunes 8 de marzo de 2010,  sale de su boca.

 

Su narración demuestra el grado de desesperación en que se encuentra la dinastía Castro, ante su impotencia para derrotar la resistencia pacífica de la sociedad civil cubana:

 

“El martes 2 de marzo de 2010, sobre las 12 pm, me encontraba en la Estación Central, en La Habana, para dirigirme a Cienfuegos, cuando a mi lado cuatro personas conversaban sobre la falta de derechos con que viven los cubanos; al oír sus palabras, les entregué una copia de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

 

Casi de inmediato, se me acercó un individuo vestido de civil, y me dijo:

 

-“Móntate en ese carro”.

-No sé quien tú eres, no tengo que montar en ningún carro, fue mi reacción.

-Soy un agente de la policía.

 

Acto seguido, llamó por un walkie talkie, y vino el patrullero no. 540, me esposaron y me introdujeron a empujones en el carro, conduciéndome a la unidad policial de Dragones.

 

Los policías que me condujeron, al llegar a la unidad, preguntaron al oficial de guardia, Mayor Iván, “¿qué hacemos con este sujeto?”, a lo que respondió el esbirro: “-mételo pal calabozo a ver si se muere, y quítale toda la ropa para ver si termina como los locos de Mazorra”.

 

Durante tres días permanecí aislado en el inmundo calabozo, rodeado de cucarachas, sin el delgado colchón de espuma, que me fue retirado por un carcelero a poco de haber entrado. Al cabo de ese tiempo, en el que no probé bocado y solo me sostuve con los dos vasos de agua diarios que me ponían en el piso, entró de guardia el citado Mayor Iván, a quien pregunté:

 

-“¿Hasta cuándo me van a tener aquí?”, a lo que respondió el represor: “Hasta que no se te de lo que te mereces; ya nosotros te verificamos, y parece que tú no te conformas con los diecisiete años que te metiste preso”.

 

Dos horas después, me sacaron para una oficina, donde cinco individuos, vestidos de civil, comenzaron a increparme: “tú naciste con la revolución, ¿por qué eres así?” Luego me entregaron un acta de advertencia, que me negué a firmar, en la que se me advertía que de continuar en “actividades ilícitas” en La Habana, sería encarcelado hasta mi enjuiciamiento por un tribunal.

Fui devuelto al calabozo. En la puerta, el mismo Mayor me dijo: “ten cuidado, porque puede dar un tiro y desaparecerte que no te encuentra nadie.”

 

Al cuarto día, tres individuos vestidos de civil fueron introducidos en el calabozo. Sin mediar palabras, extrajeron del cinto bastones de goma, y la emprendieron a golpes contra mí. Me golpearon por espacio de aproximadamente quince minutos. “No le des por la cara”, repetía uno de los agresores.

 

Por último, caí al piso, donde un voluminoso negro me dio una patada en la boca del estómago, que todavía me tiene escupiendo sangre.

 

El policía que introdujo a los agresores, en el momento de abrir para que salieran, me dijo: “Esto es para que veas que hasta la gente del pueblo te reprime”.

 

Al quinto día traen una Doctora, quien después de revisarme, e interpelada por el oficial de guardia –“¿Qué hacemos con él?”- respondió: “Ya no tiene hematomas visibles; si pueden soltarlo si quieren.”

 

Cuatro horas después fui liberado, sin haber probado ni el más mínimo bocado durante esos cinco días.”

 

Así termina Ramón su dantesco relato. Como se aprecia en la foto, su brazo izquierdo todavía está lesionado; además, manifiesta tener las piernas doloridas por los golpes recibidos y no poder girar el cuello.

Esto sucede en Cuba, mientras la dictadura perpetua está representada en el espurio Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, cómplice por acatamiento de los atropellos cometidos por las hordas castristas contra el indefenso pueblo cubano.

 

El mundo civilizado debe repudiar en pleno al desacreditado Consejo, entidad vergonzante que envilece a la Organización de las Naciones Unidas.


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