domingo, 8 de noviembre de 2009

Vacuas promesas

por José Alberto Álvarez Bravo


27 de Octubre del 2009


Foto: José Alberto Álvarez Bravo

Primero fue el hermano mayor: “No tendremos coca-cola, pero tendremos leche; Tendremos tanta leche que no vamos a saber qué hacer con ella; podríamos llenar la bahía de La Habana”. Muchos años después de vertida tan láctea promesa, perdimos la esperanza de encontrarnos, al abrir la puerta de la calle, con el “pomo” de leche fluida esperando paciente nuestro moroso levantar.


En honor a la verdad, durante la mayor parte del reinado de Castro I, los niños podían contar con 900 ml diarios de leche fluida, más acorde con nuestros prejuicios lácticos, por ser reacios a las técnicas modernas de envasado y conservación de tan delicado y vital producto.


Otras victimas del desmerengamiento castrista, fueron la leche fluida, la condensada y la de bolsa (la “amarillita”).


Antes del “glorioso” primero de enero del 59, cuando las mujeres “de la vida” perdían aptitudes, pasaban a ser material de baja demanda, adquiriendo la categoría “de café con leche”, significando, de manera tangencial, el poco precio del desayuno en cualquier cafetería a lo largo y ancho de Cuba. Luego de la consolidación del feudo Birán, desayunar con café con leche y pan con mantequilla se convirtió en un lujo, sólo al alcance de algunos privilegiados.


Con el inesperado ascenso del heredero dinástico, volvimos a escuchar las olvidadas promesas sobre quiméricos vasos de leche, que hasta el presente sólo han existido en la augusta prédica de sus majestades (y en sus mesas).


Algún vecino de la calle Acosta, en la Víbora, dejó de creer en la promesa del nuevo monarca caribeño. La prueba inequívoca es que puso sus pomos de leche junto al contenedor de basura. El pan racionado que está a su lado, envejeció esperando el cumplimiento de otra de las vacuas promesas a que nos tienen acostumbrados los señores del poder.

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