domingo, 13 de septiembre de 2009

Síntomas de ingobernabilidad

por José Alberto Álvarez Bravo

8 de Septiembre del 2009

José Alberto Álvarez Bravo

Dos circunstancias fundamentales impiden a los jóvenes percibir con objetividad el entorno socio-político en que viven: la inexperiencia vivencial, y la superficialidad inherente a la inmadurez. En cambio, los mayores contamos con un bagaje de hechos y situaciones que nos permite establecer estados comparativos entre el “antes” y el “ahora”.

Estos conceptos son en extremo relativos, pues el “antes” de un joven es el ayer reciente de una persona mayor.

Mi propio “antes” se inicia con la instauración del régimen autocrático de Fidel Castro. Por consiguiente, mis recuerdos de adolescencia se vinculan al periodo de mayor auge del “fervor revolucionario”.

Recorrer La Habana de noche era encontrarse con miles de ciudadanos cumpliendo con la guardia cederista. El trabajo voluntario formaba parte de una práctica cimentada en la necesidad de acumular méritos laborales para optar por la adquisición de los cachivaches provenientes de la desaparecida URSS. Los actos multitudinarios congregaban –bajo presión, naturalmente- a decenas de miles de cubanos. En las paradas de ómnibus se organizaban, espontáneamente, colas para accederlos ordenadamente. El respeto mutuo en el trato social era evidente.

Era una mezcla positiva entre los “nuevos” valores y la educación “de antes”.

Media vuelta a la rueda de los siglos ha parido una situación totalmente diferente. Apenas algunos ciudadanos respetan al menos apto para imponer su espacio vital en los siempre abarrotados ómnibus urbanos. Recorrer de madrugada toda La Habana para encontrar una guardia cederista es el camino seguro al fracaso. El régimen ha desechado los actos comparseros para no evidenciar su creciente impopularidad. Las palabras “trabajo voluntario” convierten en sospechoso de desequilibrio mental a quien ose pronunciarlas. La agresión emocional y el vituperio verbal nacen desde el primer intercambio de miradas.

Lupa en mano, no sería difícil encontrar un sinnúmero de ejemplos de la ya ostensible ingobernabilidad de la nación cubana. Sin embargo, un fenómeno bastante reciente pudiera ser la más clara y cotidiana evidencia del inminente colapso del control gubernativo sobre la sociedad cubana: la inusitada presencia en las calles de grupos de adolescentes reclutados por el Ministerio del Interior. Recordar la referencia de Orwell a los cachorros en Rebelión en la Granja –censurada en Cuba- puede ayudar a interpretar estos sintomáticos indicios.

Constatar la intrincada red de pequeños indicios del desmoronamiento del statu quo, alienta y estimula a quienes soñamos con ver el fin de la dictadura más cruel y longeva que haya padecido pueblo alguno en el hemisferio occidental.

Si así no sucediera, nos consuela pensar que ya la autocracia castrista perdió para siempre su antigua lozanía. Como bien dijera Fidel en La Historia me Absolverá, “los pueblos se cansan”. Medio siglo de ejercicio inconsulto y arbitrario del poder, nos ha agotado la paciencia nacional. El despotismo criollo, por extemporáneo, debiera ir redactando ya su propio epitafio.

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