martes, 29 de septiembre de 2009

Derechos humanos al día

por Leonardo Calvo Cárdenas

Historiador y politólogo

Primavera Digital


24 de septiembre de 2009


Leonardo Calvo Cárdenas

El debate abierto y transparente y el establecimiento de una sólida cultura de derechos constituyen los fundamentos de la construcción de un modelo de convivencia moderna y civilizada.


Boyeros, La Habana. La preocupación e inquietud por la situación de los derechos humanos en Cuba es permanente y universal. Mucho se comenta y debate en el mundo sobre las violaciones de los derechos civiles, políticos y económicos que con alarmante recurrencia sufre el pueblo cubano. Crece la conciencia mundial sobre la falta de garantías institucionales y jurídicas que matizan el muy pobre disfrute de los derechos fundamentales en Cuba, aunque este último aspecto, en mi opinión esencial, no recibe todavía la atención que merece en los foros globales que se esfuerzan por promover los valores universales a nivel planetario.


Sin embargo, muy poca atención se pone en la isla y en el extranjero sobre las lagunas culturales y los vacíos referenciales de que adolece nuestra sociedad en cuanto a conceptos fundamentales y los amplios alcances universales en materia de derechos humanos. Resulta contradictorio y escandaloso que en una nación como Cuba que cuenta con altos niveles de instrucción y desarrollo cultural, además de una tradición intelectual, jurídica e institucional apegada a los valores universales, se encuentre en situación tan poco envidiable en relación con un tema como este, trascendental para la convivencia humana.


Ni siquiera nuestras ejemplares constituciones o el hecho de haber sido, en su momento, uno de los Estados promotores de la Declaración Universal de Derechos Humanos pudieron impedir que lastres como el caudillismo y la violencia en el lenguaje y el accionar políticos, junto a la intolerante supresión del debate y los espacios cívicos que padecemos por medio siglo, nos condenaran a esta incapacidad para conocer, reconocer, ejercer, defender o tan siquiera hablar de algo tan consustancial a la naturaleza humana como los propios derechos.


Para que nuestra nación viva el tiempo de los derechos en este milenio que comienza, es necesario restaurar el debate y la conciencia ciudadanos sobre los derechos y la responsabilidad individual, social e institucional en la promoción y garantía de esos valores, sin dejar de denunciar y combatir, por supuesto, las violaciones puntuales.


Los derechos humanos deben ser en Cuba, como en los demás países, una inquietud permanente y compartida, además de motivo de cuestionamiento social, intelectual e institucional. Al gobierno por su parte asiste la obligación no solo de garantizar el respeto legal y efectivo de los derechos fundamentales sino la responsabilidad de promover y difundir a través de la información, la difusión y la educación, todos los alcances y compromisos a los que la humanidad ha llegado en su largo camino en busca de establecer patrones de justicia y equidad para todos los seres humanos sin distinción como fundamento esencial de la convivencia humana.


El gobierno cubano ni siquiera da a conocer la letra y las posibilidades contenidas en los pactos e instrumentos jurídicos internacionales que ha suscrito. De hecho trata de mantener hacia a fuera una cara y un discurso − pluralismo, cooperación − muy diferentes al que muestran fronteras adentro, donde ni siquiera la Carta Magna ocupa en la percepción ciudadana ni en la determinaciones gubernamentales el lugar que le corresponde. Han sido y son muchas las prácticas y proyecciones anticonstitucionales en que las autoridades de La Habana han fundamentado su poder sin que existan mecanismos efectivos para defender el respeto a la Carta Magna. No debemos olvidar que en una ocasión ante un cuestionamiento de esta realidad el comandante Castro dio por terminado el debate que no había comenzado al asegurar que en definitiva, “la constitución es hija de la revolución”. Sobran los comentarios.


Por otra parte, las autoridades cubanas consideran cualquier cuestionamiento o crítica sobre el tema, un acto de agresión, lo cual constituye una coartada ideal para mantener los altos patrones de intolerancia que han caracterizado su ejecutoria a lo largo de cinco décadas y de paso impedir el necesario debate interno sobre el trascendental asunto, así como la formación de una sólida cultura de derechos como corresponde a las sociedades modernas.


Sólo ese debate permanente, plural, despolitizado y asentado en una profunda cultura de derechos dará lugar a que Cuba deje de ser el único país del mundo occidental donde no existen mecanismos para atajar las violaciones, ni espacios públicos para denunciarlas y donde la inmovilidad cívica de los ciudadanos convierte a todo un pueblo en víctimas inermes de los desmanes de un poder incontestable.


Sólo esa cultura y ese debate harán posible dar pasos trascendentales como el establecimiento de mecanismos nacionales de protección de los derechos humanos, la inclusión del tema en el sistema educacional y el tributo pleno de las autoridades a sus compromisos internacionales en esta materia.


Ampliar en nuestro país la cultura de derechos, el debate social y la conciencia cívica es el gran reto que enfrenta la sociedad cubana de cara a las enormes carencias y necesidades con que entra al nuevo milenio. En la medida en que los ciudadanos y las autoridades asuman esa convicción y ese compromiso, los derechos humanos dejarán de ser en Cuba preocupación de unos pocos para convertirse en patrimonio y responsabilidad de todos.

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