lunes, 7 de septiembre de 2009

Cataratas (Final)

por Pedro Arguelles Morán, Prisionero de Conciencia

Asociación Pro Libertad de Prensa


3 de septiembre del 2009


Pedro Arguelles Morán

Prisión Provincial Canaletas, Ciego de Ávila. En horas tempranas de la mañana del martes 25 de agosto, mis hermanos de la redacción del Semanario Digital Primavera, me grabaron por vía telefónica el testimonio “MÁS SOBRE CATARATAS”. Esto no fue pasado por alto por los impunes centros de escucha telefónica de la policía de Seguridad del Estado del régimen cubano.


La tarde de ese mismo día 25, se levantó el telón para una segunda parte de este drama. Fui conducido a la oficina de Orden Interior del penal. Allí se encontraban el segundo jefe de la prisión, en sustitución del jefe de la misma, el jefe de la llamada Reeducación Penal y uno de los oficiales emplantillados como ‘reeducador’. Aquí se debe tener en cuenta la máxima del insigne pedagogo cubano, José de la Luz y Caballero: “Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo”.


El protagónico fue el del segundo al mando, quien me dijo:


-Lo hemos mandado a buscar para informarle que al fin, mañana lo trasladamos para La Habana para operarlo.


La escena se desarrolló como estaba escrita en el guión. En tiempo de retórica y sobre la oportunidad de operarme de las cataratas. Que era por mi bien, etc., etc., etc. Les dije que ya no estaba en disposición de someterme a ninguna de las operaciones que requieren mis enfermedades, e hice mutis.


Como a la media hora, me conducen al mismo escenario, con otro elenco. Estaban presentes el oficial de la policía de Seguridad del Estado que atiende el penal y su jefe. Ahora, se mantiene la cuerda retórica. El jefe asume el rol protagónico y comienza a recitar parlamentos del corte de que, “estoy acomplejado con ellos-ellos también son humanos-tienen mucho interés en resolver la situación de las cataratas-hicieron muchas gestiones para eso-hay una cama disponible- etc., etc., etc.”


Como colofón de su parlamento, concluye: “Las órdenes se cumplen”. Con esto, demostró cuan disciplinado es al cumplir la orden recibida, aunque esta no fuera de su agrado. Está de más decir que mantuve la misma posición.


Al cabo de otra hora, vuelven a conducirme, pero cambia la escena y además el reparto. Ahora se trata de la oficina del jefe del puesto médico del penal, están presentes el jefe de la plantilla de reeducadores y un civil que dijo ser de los Servicios Médicos del Ministerio del Interior. El protagónico fue del civil en clave de sofisma. Los bocadillos fueron del tipo, “…no perder la oportunidad de operarme en el mejor hospital de Cuba, qué de Cuba, de América, qué de América, del mundo-con los mejores especialistas, etc., etc., etc.”.


Al final, el jefe del puesto médico levantó un acta a instancias del jefe de los llamados reeducadores. En él, se hacía constar mi negativa a operarme, me pidió que la firmara y le expresé mi negativa. Le pedí que la pusiera en letras de molde muy grandes, le dije que no firmaría nada para ellos. Volví a hacer mutis y si Dios me ayuda, este será el acto final de este culebrón, que ya se hace tedioso. No queda otra alternativa que seguir adelante.

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