domingo, 17 de mayo de 2009

José Ignacio Rivero y el valor del ejemplo



por Alfredo M. Cepero



5 de mayo del 2009




Han pasado 49 años desde el 10 de mayo de 1960 en que los vándalos del castro-comunismo desataron su furia primitiva contra aquel templo de la verdad, la ética y el servicio que se llamó Diario de la Marina. Quienes fuimos testigos de la borrachera de adulación y de histeria de la Cuba de 1959 con su secuela de intimidación y violencia contra quienes se enfrentaban al entonces pichón de tirano no podemos por menos que sentir una gran admiración y un profundo respeto por José Ignacio Rivero. El vio tormenta donde otros veían fiesta y no tuvo miedo de dar la voz de alarma aún al riesgo de convertirse en víctima de la hostilidad y la maledicencia de las masas enardecidas. Sintió la tierra sacudirse bajo sus plantas y no le temblaron las piernas. Vio su seguridad personal amenazada por la violencia y enfrentó el reto con la paz interior de los creyentes y los predestinados. Supo que seria despojado de sus bienes materiales y optó por perder la bolsa antes que perder el honor. Eso señores es ser un periodista digno, un cubano patriota y un hombre de cuerpo entero. Es ser nieto de su abuelo Nicolás y ser hijo de su padre Pepín Rivero quienes siempre consideraron al periodismo, mas que una profesión, un sacerdocio. Es tener el coraje, la vergüenza y el sentido común de predicar con el ejemplo.





Comenzando en el Siglo XIX, tres generaciones de Rivero dedicaron tiempo, dinero y esfuerzo a hacer del Diario de la Marina un periódico moderno, moderado y elegante en impresión, redacción y estilo. Sus lectores sabían que en ese periódico no había espacio para el escándalo ni para la diatriba sino para la información veraz, la denuncia justificada y el comentario razonado. Con plumas de la categoría de Jorge Mañach, Paco Ichaso y Gastón Baquero existían sobradas razones para que se le bautizara como el “Decano” de nuestra prensa escrita. Una especie de Ceiba majestuosa y centenaria que daba sombra y abrigo al Liborio y al Juan Bimba contra las veleidades de políticos corruptos y el hostigamiento de tiranuelos de turno.



Esa es precisamente la principal labor de una prensa libre y digna que no es, como dicen algunos, “el cuarto poder” sino el primero de todos los poderes en una república democrática a la hora de proteger al ciudadano frente al estado todopoderoso. Porque, en esa república democrática, el ciudadano es el soberano y, sin ciudadanos, no hay ni estado ni razón alguna para su existencia. De hecho, la libertad ciudadana comienza y termina en la libertad de prensa porque sin libertad de prensa no hay libertad ciudadana. Y como ha quedado demostrado desde tiempos inmemoriales la primera víctima de todos los tiranos es el derecho de los ciudadanos a ser informados y a formular quejas contra los abusos de poder. Eso pasó en Cuba, esta pasando en Venezuela y, aunque algunos lo duden, podría pasar en los Estados Unidos gracias a una prensa sin pudor ni equilibrio en su adoración a un falso Mesías sagaz en su prédica y escurridizo en su estilo.



Volviendo a la Cuba de 1959, fueron pocos los periodistas y menos los periódicos que supieron cumplir su función de guardianes de la libertad. Una de esas excepciones fue Prensa Libre y uno de esos adalides fue mi amigo Humberto Medrano. En un artículo titulado Los Enterradores y publicado el 14 de mayo de 1960, con motivo del entierro simbólico del Diario de la Marina en la escalinata de la Universidad de la Habana, el Subdirector de Prensa Libre escribió: “Es doloroso ver enterrar la libertad de pensamiento en un centro del cultura. Es como ver enterrar un código en un Tribunal de Justicia….Pero lo mas doloroso es ver como con esos entierros vergonzosos de la libertad de expresión están enterrando los principios por los que tanta sangre se ha derramado en nuestro suelo desde la Guerra de Independencia…..Y como, si siguen por ese camino, terminarán enterrando la Revolución”. Palabras proféticas sobre una pesadilla de la cual no hemos salido todavía después de medio siglo de lágrimas, sangre y martirio.



No podríamos culpar a quienes, ante el panorama desolador de estos largos y dolorosos años, opten por abandonar toda esperanza y darse por vencidos. Pero los adictos al optimismo vemos oportunidades en los retos y esperanza en la desesperación. Quienes creemos en un futuro esplendoroso para Cuba y su democracia estamos convencidos de que la página heroica escrita por José Ignacio Rivero cobrará vigencia con el transcurso del tiempo y servirá de enseñanza a las futuras generaciones de periodistas cubanos. Junto a las técnicas de reportaje, los estilos de redacción y los métodos de administración de periódicos, el programa de nuestras futuras escuelas de periodismo debe incluir una cátedra de Ética Periodística donde se destaque la función del periodista como guardián de los derechos ciudadanos. Su nombre obligado y justo será Cátedra José Ignacio Rivero, el hombre, el cubano y el periodista que en los momentos más críticos de nuestra historia nacional predicó con el valor del ejemplo dándonos el ejemplo de su valor.

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