lunes, 25 de mayo de 2009


VEINTE DE MAYO

por Alfredo M. Cepero


20 de Mayo del 2009


Nota: Este poema fue escrito y leído por el autor durante un acto en conmemoración de la fecha, organizado por el Centro Patriótico Cubano de Washington y celebrado el 20 de mayo de 1969 en la Universidad de George Washington en la capital norteamericana.


POEMA


Veinte de mayo de mil novecientos dos:
Júbilo, campanas, promesas y esperanzas.
Veinte de mayo de mil novecientos sesenta y nueve:
Hoja perdida en el calendario de los hombres sin patria.
Y entre ambas fechas, un pueblo sin miedos ni dobleces,
que no teme a tiranos ni se deja encarcelar la palabra.
Esos son los cachorros de Gómez y Maceo,
de Agramonte, Martí y Estrada Palma.
Esos somos nosotros, los del martirio y el camino,
los cubanos de la pluma y de la espada.

Somos los hijos, los nietos, los bisnietos
de los ojos que humedecieron la mañana
cuando en El Morro ondeó por vez primera
la bandera de la estrella solitaria.
Cuando se hicieron más fértiles los surcos
y más altas se hicieron las montañas,
porque al fin, Cuba era madre que se daba en fruto
para los hijos de su propia entraña.


Atrás habían quedado Mal Tiempo y Palo Seco,
santificados por el halo heroico que deja la metralla.
Maceo era ya savia de un árbol en San Pedro
y Martí era en Dos Ríos piedra angular de la patria.
Los fusiles eran piezas de museo
y la guerra era una historia legendaria,
como una fragua que templó el carácter
o una epopeya que fundió las almas.


Y aquel veinte de mayo, primavera de los campos
que era también primavera de la República recién estrenada,
ya no clamaba por la digna heroicidad de los mambises
sino imploraba la disciplina de las manos solidarias.
Era el tiempo del obrero y del maestro,
del arado y de la mocha, del pico y de la pala.
Era el tiempo de las flores frescas y los soles altos,
del heroísmo silencioso y de las manos honradas.
Había llegado la hora de que los prohombres de la dignidad
pusieran la justicia "tan alta como nuestras palmas".

Pero la paz no tuvo apóstoles como la guerra,
ni la pluma logró estar a la altura de la espada,
y los campos de batalla fueron camposantos
para la gallardía de la Cuba en Armas.
Era una cosa la libertad ganada
y otra muy distinta la libertad heredada.
El peligro no hace puros a los hombres
pero los levanta por encima de la miseria humana.
Con la última carga, la última bala, la última batalla,
los budas tropicales comenzaron a mirarse la panza.
El ministro y el policía, el embajador y el amanuense,
llegaban con patente de corsario o esgrimiendo el sable del pirata.
¡ Todo era lícito ! ¡ La isla era de corcho ! ,
y a bailar La Chambelona con las "vacas gordas" o las "vacas flacas".

Pero hubo también los laboriosos y los justos,
los que amaban a Cuba sin proclamas,
los que bajo el sol reverberante hacían patria
abonando con su agrio sudor la dulce caña.
Y los maestros, que como profetas cívicos
iniciaban al niño en la Biblia de la Democracia.
Y el intelectual que se quedó sin puesto en el gobierno
porque se atrevió a mantener su dignidad empinada.
Y el estudiante obseso de justicia,
a quien llamaron loco porque puso el pecho para parar las balas.
Fueron todos la palabra inconclusa, la promesa frustrada
y prueba fehaciente de Cuba crucificada.



Y en esta noche de las sesenta y siete angustias,
en el año sesenta y siete de Cuba Republicana,
en que otra vez impera el órden de fusil y fusta,
y una vez más la libertad anda descalza,
en los pechos cubanos se alza la pregunta,
que es ruego y juramento de la piel al alma:
Patria querida, Cuba del insomnio,
danos la fuerza luminosa de la llama,
y la humildad edificante de los predestinados,
para que como hermanos de la misma casa,
marchemos juntos en vigor y amor
hacia el lecho añorado de tus playas.

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