domingo, 22 de marzo de 2009

Seres que pretenden ser máquinas para que las dejen vivir

por María de los Ángeles Borrego Mir y Jesús Adolfo Reyes Sánchez (su esposo)


13 de marzo del 2009


En el paraíso comunista siempre las trabajadoras van contentas a trabajar aunque no le paguen, aunque no exista el retiro, ni las vacaciones, ni el accidente de trabajo, ni el sindicato, ni el seguro antia buzo, ni una fantasía como sería un derecho a aun detective que las ayude a reflejar arbitrariedades. Las jornadas de 14 horas de esclavas jorobando el lomo no son nada, los hombres presos trabajan más de 24 y no se quejan, las mujeres, en las consignas oficiales que hablan por ellas, no son menos, y como aquellos (los hombres) agradecen a la Revolución y su caudillo la confianza depositada en ellos al sacarlos de las rejas infernales para meterlos en los barrotes diabólicos.


Nadie sabe que las obreras existen con claridad, pues las autoridades comunistas tienen un control que sólo permite tener una idea vaga hasta en sus mismos familiares. Los periodistas independientes son ilegales y tienen pocas posibilidades de reflejar la realidad cubana. En el caso del esposo de María de los Ángeles, cuando se acerca al penal con una cámara fotográfica es despojado de ella y llevado a interrogatorios que parecen amistosos, pero que hacen pasar por "entrevistas", aunque las reuniones son forzadas por una orden donde lo van a buscar con guardias, sin que se pueda sustraer a ello. Así, con el silencio fabricado a costa de seres mudos y sordos, se le hace fácil al gobierno explotar a las mujeres, entre ellas niñas y ancianas, con jornadas y condiciones extremas bajo secreto en cientos de prisiones, que, bajo el régimen Antisocial Socialista, nunca se podrá informar al pueblo, ni a la opinión publica internacional, ni dejar nada a la posteridad. ¿Quién se atrevería a poner en claro el abuso y sus dimensiones en Cuba con un fundamento abierto?


No importa lo abrumadora que sea una labor, la falta de elección, las escenas de miedo y agresión, el cansancio, la enfermedad sin cura que se padezca, el calor, la peste, la bulla, las humillaciones del clima de autoritarismo, ni el acoso de las criminales que se tiene como compañeras. Lo importante para las presas es salir de penales de mayor rigor. Nada es peor que estar allí, enrejadas 24 horas con criminales o a solas, hiendo únicamente de la cama al baño, volviéndose loca con la arbitrariedad oficializada. Sin embargo el supuesto rato de sol, el deporte, las bibliotecas, los teatros, un simple papel, una necesidad elemental, un minuto de escape de esta realidad entre sicópatas de verde y de azul es un sueño fingido por la propaganda oficial, la cual late en un marco estrecho con poco acceso, en respuesta únicamente a interesados con autoridad de los que no se pueden esquivar.


María lleva 8 días en la fábrica y no sale del barracón a trabajar por sentirse mal. Ello es imposible para otras reclusas, las que como sea van al trabajo evitando perder el privilegio de estar allí, volviéndose autómatas, desconectadas o entretenidas sin la tención de las jaulas de mayor rigor, con locos y la imposibilidad de conseguir algo para pagar favores.


Las reclusas que no son seleccionadas para salir a trabajar miran con envidia a aquellas que tienen que meterse 14 horas laborando cada día en la fábrica. Muchas llevan años de ablandamiento deseando salir, cultivando el anhelo que sirve de anzuelo en el capitalismo de estado, cruel con gobernante eterno y que dice ser Socialista.


María ahora está en la fábrica llamada "Oroca", la cual es alavés un correccional y posee 4 barracas de presas para mantener la producción de los misteriosos carnicol de Cuba (desaparecidos con la Revolución). Esta pequeña industria está situada adyacente al Manto Negro, en El Guatao, municipio La Lisa, Ciudad Habana; y posee un cartel que tiene este nombre, pero no deja ver que se haya llena de reclusas, al igual que muchas otras empresas y centros estatales vecinos donde se ven personas que parecen fantasmas huidizos casi desnudos o descalzos siempre haciéndose los que trabajan y mirando de reojos con el lomo encorvado, bajo el Sol brillando sudados.

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